Papá quiero contarte algo muy importante balbuceó Guido, entre comedido y temeroso, atinando quizás una reprimenda ante tamaña confesión. Leodegar Acosta, su padre, nacido en Concepción, era un hombre rudo, curtido por el sol, de típica estampa norteña, rebelde y luchador, moldeado en la arcilla del sacrificio, del tesón, recio y fuerte, el hombre del norte que da todo de si por amor a su familia, aún al precio de postergar sus sueños.
Guido Acosta, el mayor de sus dos hijos varones, quién estaba al cuidado de sus abuelos desde su niñez en J. Augusto Saldivar (Departamento Central), cursaba el segundo año de la media, con sus 17 años a cuestas, enfrentó la mirada algo intimidante de Leodegar, su padre, tragó saliva y le dijo, sin rodeos, vas a ser abuelo, voy a ser papá.








