En la década del ’20, se vivía un ambiente de renacer cultural en el Paraguay. Existían agrupaciones orquestales que acostumbran tocar en las retretas, en ocasiones en las plazas. No había casi músicos eruditos, los pocos en su mayoría eran extranjeros.
La banda de música de la capital recibía en sus aulas a hijos de campesinos (Herminio Giménez de Paraguarí, Mauricio Cardozo Ocampo de Ybycuí) por citar algunos. También chicos de la calle que eran enviados como «castigados» a estudiar música, José Asunción Flores y otros. Los directores italianos eran muy exigentes, Nicolino Pellegrini y Salvador Dentice, impartían clases con una gran maestría y disciplina.
El joven Flores se dio cuenta que los aires nacionales eran mal interpretados. La melodía era correcta, pero el tiempo no correspondía. Eran como valses con melodías de polcas.







