
El sol arrojaba impiadosamente ráfagas de fuego sobre las pequeñas parcelas de Potrero San Juan. Un hombre mayor con su nieto de apenas 7 años arremetía una y otra vez contra el árido suelo para abrir surcos con el viejo arado tirado por bueyes. Decía el abuelo, es más fácil romper la dura coraza de la ignorancia que pretender germinar estos campos empobrecidos, por eso mi hijo debes pensar muy bien, elegir entre la azada o la lapicera. Aunque no poseía reloj, el sabio abuelo sabía que eran las diez de la mañana y el desayuno que preparó la abuela Adelaida Montañez a las 5 de la mañana ya se había agotado, por lo tanto, había que hacer un refuerzo para proseguir. De su maleta extrajo un trozo de queso y unas tortillas que compartió con su nieto a la sombra de un añoso lapacho amarillo, entretanto, las llamaradas del astro rey cernido en los maizales, prendían ilusiones en la mente de César.






