La luna derramaba sus torrentes de plata con mucha intensidad aquella noche sobre las aguas del Río Paraguay. Don Armín, experimentado pescador sabía que en estas condiciones no hay «pique», no obstante probó su tercer lance entrando ya la madrugada. En la casa, un poco más allá de los barrancos de Villa Oliva, doña Ramona eleva sus plegarias para que el quinto de sus diez hijos, Adrián, tenga suerte en su viaje inminente por razones de estudio a la capital departamental, Pilar. Aunque su hija Liliana que cursaba ya los últimos años de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Pilar le había comentado, «la gente es muy buena mamá, son muy amables y hospitalarios, además hay becas en la Universidad», su corazón de madre sufría por ese hijo al que la actividad de pesca de su padre y su empleo como doméstica no auguraban un buen futuro, de modo que tendría que aceptar la partida de su hijo en busca del sueño universitario.
Así en marzo del 2012 llega a Pilar, Adrián Torrez, un joven sencillo, humilde, respetuoso y muy creyente, para estudiar una carrera, Licenciatura en Enfermería fue la elegida, para serle útil a la sociedad y por ende a su familia.
